TEMPLO MARIA MADRE DE LA IGLESIA

Quienes Somos


Descrpción

Misión


Nuestra misión es la misma de Jesús, que fue enviado para salvarnos y santificarnos por el don de su Espíritu.

Como apóstoles del Espíritu Santo y de la cruz, somos enviados a promover en todo el Pueblo de Dios la santidad, según nuestro espíritu: así extenderemos el Reinado del Espíritu Santo.

La meta


El camino de todo Misionero del Espíritu Santo tiene una meta: transformarse en Cristo Sacerdote y Víctima. Nuestro seguimiento de Jesús es radical, busca la raíz misma del ser cristiano, por medio de una identificación con los sentimientos sacerdotales de Cristo: el amor a su Padre y el amor a todos los hombres y mujeres; amor que se entrega, amor que salva, amor que da la vida.

Meta luminosa que orienta nuestro camino, el cual, como el de Jesús, debe ser un camino de vida y salvación.

El guía supremo es el Espíritu Santo, el mismo que ungió a Jesús como Sacerdote y que lo condujo por los caminos que el Padre le había señalado. Ese Espíritu de amor nos lleva a imitar a Jesús en su amor obediente al Padre y en su amor humilde a los hermanos, en su pureza y en la santidad de su vida, para ejercer nuestro sacerdocio espiritual ofreciéndolo y ofreciéndonos con Él.

El modelo es María, la Virgen sacerdotal, a quien profesamos un amor filial en el misterio de sus dolores, especialmente los de su Soledad.

Todos los Misioneros del Espíritu Santo, los novicios, los hermanos estudiantes, los hermanos coadjutores, los diáconos permanentes y los sacerdotes, seguimos ese camino porque todos, según el propio carisma, queremos identificarnos con Jesús Sacerdote y Víctima.


Los Misioneros del Espíritu Santo en la Iglesia


El Siervo de Dios Félix de Jesús Rougier, obedeciendo a un especial llamamiento divino, fundó nuestra Congregación bajo la protección de Santa María de Guadalupe, el 25 de diciembre de 1914, en el Tepeyac, ciudad de México.

San Pío X reconoció nuestro carisma y, por la misión que el Señor confiaba a la Congregación, nos dio el nombre de Misioneros del Espíritu Santo, “que es todo el programa de nuestra vida religiosa y sacerdotal”.

La Iglesia aprobó el Instituto y sus Constituciones el 12 de diciembre de 1939 y nos asiste con solicitud para que crezcamos y demos fruto por la fidelidad al carisma fundacional.

Nuestra Congregación es un Instituto religioso clerical de derecho pontificio, cuyos miembros pueden ser sacerdotes, diáconos permanentes o hermanos coadjutores.

Somos una de las cinco Obras de la Cruz, que nacieron en la Iglesia por iniciativa de la Sierva de Dios Concepción Cabrera de Armida, y fueron aprobadas por la Sede Apostólica gracias al celo pastoral del Venerable Mons. Ramón Ibarra y González, primer Arzobispo de Puebla, México.

Por voluntad divina, los Misioneros del Espíritu Santo hemos sido llamados como religiosos a seguir radicalmente a Cristo Sacerdote y Víctima, con el propósito de transformarnos en Él y compartir sus sentimientos sacerdotales, animados de sus mismas cualidades y virtudes: amor, pureza y sacrificio.

Bajo el impulso del Espíritu Santo imitaremos a Jesús, en su amor obediente al Padre y en su amor humilde a los hombres, en su pureza y en la santidad de su vida, para ejercer nuestro sacerdocio espiritual, ofreciéndolo y ofreciéndonos con El, como hostias agradables a Dios. De esta manera, unidos al sacrificio de Cristo, seremos víctimas de expiación y consolaremos su Corazón herido por nuestros pecados.

Conscientes de que sólo puede transformarnos en Cristo el Espíritu Santo, nos consagraremos a Él y seremos dóciles a sus inspiraciones.

La Virgen María es el modelo perfecto de esa transformación. Le profesaremos un amor filial en el misterio de sus Dolores, especialmente los de su Soledad.

El espíritu de la Congregación se actualiza ofreciendo al Verbo Encarnado y ofreciéndonos con El al Padre, por manos de María, para la salvación del mundo.

La expresión “Espíritu de la Cruz” es la formulación sintética de esta espiritualidad; el modo característico de vivirla es la “Cadena de amor”; y su símbolo, la “Cruz del Apostolado”.


Estilo de vida

Nuestro nombre, Misioneros del Espíritu Santo, «es todo el programa de nuestra vida religiosa y sacerdotal».

Nuestro espíritu y nuestra misión fundamentan y exigen un modo peculiar, un estilo de vivir nuestra consagración a Dios y de realizar nuestra misión en la Iglesia. Nuestro fundador lo sintetizaba así: «Ante todo contemplativos y después hombres de acción».

Esto exige que seamos hombres de oración, atentos amorosamente a Dios, hasta lograr que la oración domine toda nuestra vida y así estaremos continuamente bajo su influencia.

Debemos dar el primer lugar a la contemplación, no sólo en la teoría sino en la práctica concreta de la vida. Es imposible realizar nuestra misión si nuestra acción apostólica no se deriva de la abundancia de la contemplación.

La Eucaristía prolonga y actualiza la ofrenda sacerdotal de Cristo. Por eso nuestra vida litúrgica es intensa y culmina en la celebración de la Santa Misa. La fidelidad a la adoración eucarística ocupa un lugar primordial en nuestra vida religiosa.

Llamados por Dios a participar de la misma vocación, formamos una sola familia, en comunión de personas, con un mismo espíritu e idéntica misión. Por eso, en nuestras comunidades buscamos vivir unidos por el vínculo de la caridad, teniendo como los primeros cristianos un solo corazón y una sola alma.

Vivimos y trabajamos en comunidad. Ésta es como una familia en la que todos nos ayudamos a ser fieles a Dios y a trabajar en favor de los demás.

Somos una congregación religiosa de vida apostólica. Nuestra acción apostólica brota de la contemplación.

Como religiosos seguimos radicalmente a Jesucristo Sacerdote y Víctima. Esto exige la entrega total de nuestra persona a Dios, por la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Exige también que colaboremos con Jesucristo en construcción del Reino.

Estamos consagrados de manera especial al Espíritu Santo; somos sus misioneros.