TEMPLO MARIA MADRE DE LA IGLESIA



TEMPLO DE MARIA MADRE DE LA IGLESIA HUEXOTITLA



El Templo María Madre de la Iglesia es un templo religioso de culto católico, mejor conocido como Huexo por los miembros de esa comunidad, por estar ubicado en la colonia de Huexotitla. La acción pastoral del templo es acompañada por la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo. Se ubica en la 43 Poniente y Privada de la 16 de septiembre en la Ciudad de Puebla.

La Comunidad María Madre de la Iglesia " Huexotitla " como se le conoce, se funda canónicamente en el año de 1976.

La comunidad pastoral formada por Pastores y Laicos. En el templo se realizan diversas celebraciones, Matrimonios, Bautizos, Primeras Comuniones, Confirmaciones. También se ofrece formación para los niños, adolescentes, jóvenes adultos. También hay Talleres para Parejas, Separados y novios.

ARQUITECTURA DE LA IGLESIA DE HUEXOTITLA (1969/75)

La iglesia de Huexotitla es un edificio sorprendente. Cualquiera que acceda a su rico espacio interior podrá experimentar la fuerza de su arquitectura, que sólo se intuye desde el exterior..

En 1969, Fernando Rodríguez Concha recibió el encargo de proyectar esta iglesia. Enrique Benítez, propietario del molino y los terrenos de Huexotitla, había donado los terrenos para la iglesia. El primer escollo que hubo que sortear fue la presencia en la colonia de otro importante arquitecto, Carlos Mastretta que, tras unos primeros encuentros, se incorporó al equipo y se encargó de las conversaciones con el superior de la comunidad.

Los Misioneros del Espíritu Santo son una congregación religiosa mexicana, conocida por sus avanzados métodos pastorales y su trabajo con la juventud. Les gustó el concepto de iglesia —participativo, alegre y colorista— que Rodríguez Concha les propuso. El diseño de la planta partió de la necesidad de vincular dos naves, una de uso diario y otra prevista para las celebraciones dominicales. Su forma podía recordar un embrión —Jesucristo o la Iglesia, su cuerpo místico—, arropado por el manto amplio de su madre, lo cual coincidía bien con la advocación María Madre de la Iglesia. Sorprendentemente, esta idea tan radical se pudo llevar con tranquilidad hasta sus últimas consecuencias, gracias a una afortunada confluencia de factores, entre los cuales sobresale el talante dialogante y conciliador de Rodríguez Concha. En Puebla no existían precedentes de este tipo de disposición litúrgica. Para “favorecer la participación activa de los fieles” (Concilio Vaticano II, 1963), el altar se sitúa próximo al centro de la planta (pero no en disposición centrada) en torno al núcleo estructural, de manera que en la parte anterior se ubique la nave y en la parte posterior la capilla penitencial y del Santísimo; el presbiterio queda rehundido con respecto a la nave. Bajo ésta, existe una cripta de columbarios. Otra de las características que hace diferente a esta iglesia de las demás es la riqueza de sus espacios intermedios o de tránsito. El descubrimiento del espacio es secuencial, en espiral, a partir de un magnífico atrio que se utiliza, como debe ser, para que los fieles se relacionen entre sí y formen comunidad. Además, el acceso al templo se produce desde un patio interior, lleno de arbolado y vegetación, algo no muy frecuente. El edificio se pudo considerar terminado en 1975 e inmediatamente se convirtió en un icono urbano. Las decisiones de proyecto se consensuaron hasta el punto de integrar imágenes de vanguardia con imaginería antigua, soluciones constructivas novedosas con ejecución artesanal —lo que le quita precisión al edificio, pero le añade encanto—, eclesiología postconciliar con idiosincrasia local, etc. Todo ello hace de esta obra una pieza esencialmente mexicana, mestiza, intemporal y moderna. Entre las dos capillas, justo en el centro, se encargó al padre Gerardo López Bonillo, carmelita descalzo, un vitral abstracto del descendimiento de Jesús. Ese vitral preside el acceso a la sacristía y a la cripta de columbarios, y se puede ver desde la avenida. Es la única pieza del proyecto original que se conserva. A pesar de que ha tenido adecuaciones en su interior ajenas al arquitecto (confesionarios, sacristía, alguna imagen), cuarenta años después la conservación de la iglesia es excelente, y la vinculación de la comunidad parroquial con el edificio, óptima. Incluso las actuaciones posteriores en la parcela, destinadas a edificar las distintas dependencias de la comunidad religiosa, han mantenido la entonación con la iglesia, aunque no su mismo lenguaje. El edificio tiene vida propia y sus usuarios lo han hecho suyo. Y el arquitecto puede sentirse satisfecho de haber realizado adecuadamente su trabajo, a pesar de que ya nadie se lo reconozca.